viernes, 2 de abril de 2010

No puedo dejar del lado el inicio de este otoño que en vez de hojas crocantes que caen hay un sol que se aprieta en el cielo para no irse. Aún recuerdo ese inicio de primavera que apareció antes de tiempo y ¡maldición, por qué nunca puede pasar lo mismo con el otoño! No ve visto en el cielo un esbozo de neblina, una pizca de llovizna, un día sin el sol que deja de brillar, un viento que levante las más sórdidas ideas.

Aun sigo esperando ese día que el otoño tome por completo esta ciudad gris. Por el momento no dejo hinbernar.

jueves, 1 de abril de 2010

Molestias

Me ha salido un grano, y no hay nada más aburrido que reventarlo. Ha crecido más allá de la superficie de mi piel y me cuesta encontrarle el origen maléfico que ha deformado un poco más mi rostro. Mis dedos son demasiado grandes para intentar tal cometido; mis uñas demasiado intensas para no dejar marcas en mi cara y una fuerza que no existe que ni pienso en la posibilidad de extirparlo. Dejaré que madure, uno o dos días más, para que caiga por sí sólo... o con ayuda.

Dejé de vista el grano y veo que me ha salido un ojo, una oreja y par de lentes en el rostro. Intento también aplastarlos, esta vez con fuerza, pues son los que más deforman mi cara. El espejo no aguanta tremendo forúnculos: Mis ojos terminan explotados bajo el vidrio clonador y mis lentes dejan una materia hecha de vidrios y monturas gruesas y negras. Mi oreja cae en pedazos y no soy más que un grano y una nariz.

Y aún no puedo reventarlo.

Sobre otros epílogos sin silencios

Ahora entre días sin fluctuaciones y miradas que ya no encandilan como antes, he tomado la iniciativa de mi mundo. Un silencio más: Los escritores no impulsan su mundo, sino el mundo que quisieran para ellos, la vida que nunca tuvieron, las historias que rezarían por tener. Mi mundo no es más que una serie de planos expuestos por mi pasado, mi presente, mi inconsciente, mi indiferente futuro. ¿Quién quiere participar de este mundo de maravillas y frialdad ficticia?

Para una sociología de bolsillo

Un plato de arroz chaufa aparece en la mesa y no tengo más dudas que tengo hambre. Todos y todas comen -o miran sus platos en otras mesas dentro del Chifa, ese de los tantos en el centro de Amil. Advierto que el síntoma de hambre es un movimiento que encausa un sentimiento más profundo: Dónde comemos interfiere en la manera como nos construimos -o creemos construirnos y darnos a conocer. Igual lo que pedimos o cómo lo pedimos, con quienes los pedimos. Cada actividad espontanea y cotidiana tiene muestras de lo que somos y deseamos ser.

Yo sigo mirando el plato, pero de reojo veo a los demás comer sus platos. Yo sólo tengo hambre, pero también deseo ser de esos sociólogos que se sorprenden, como los filósofos, por situaciones que un adminitrador del club nacional, un vendedor de manies y habas, o un transeunte solitario pasaría por alto. Es que la sociología de bolsillo trata de eso: encontrar algo donde no hay, aparentar ser interesantes donde no lo somos.