martes, 16 de noviembre de 2010

Ramón y sus voces.

Sentado en alguna gradería mal dispuesta, Ramón escucha en su cabeza aquella voz que lo convence de que ella le dará alguna señal para poner en marcha el motor, darle click a la llave -con el llaverito de un gato plomo atigrado en negro- y pisar el acelerador con fuerza, que llegue a 60 km/h y conducir hasta su corazón. Claro, esperando que éste tenga un garage disponible para su carcacha de sentimientos forrados en un negro, como los cueros del asiento, como la montura de sus lentes.

Y es que la voz lo presiona contra la pared: 'ella aparecerá con una señal que te marcará el punto de partida'. Ramón sospecha que ella le puede estar dandonde pistas, motivos, intentos... que el convierte en desesperación, pérdidas, auxilios, demoras. Cada manifestación suya es absorbida por una insondable necesidad de ella. Está en cada estante, en cada línea, en cada verso, en cada sueño. Ramón siente que está en cada imagen de 'compartir', pero tal vez sólo esté en ese 'compartir' que se muestra para todxs, una prerrogativa que cada ser que convive con ella, obtiene.

Ramón, viendo como los gatos se apodera de la plaza Bolognesi y de las esculturas cubiertas por un polvillo naciente del los viejos vehículos capitalinos, espera que ella dé una señal... La que lo obligue a ser él y no el muñeco en que se convierte cuando camina a su lado.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La psicología de tus cosas

Gabriel Tardé analiza la sociedad, sus acontecimientos, sus encuentros y desencuentros, a través de una perspectiva relacional. Todo interactúa entre sí, cada elemento oculto y mostrado, objetos, sujetos, sensaciones, abstracciones; y son estos elementos los que cobran una significación especial a partir de la creencia y el deseo que nos aperturan a un sin fin de posibilidades de creación, que impulsan la interacción de la sociedad y sus elementos.

Y es tan fácil hacer un ejemplo relacional de lo tanto que puede ser esto válido. En mi pequeña microsociedad, en mi organismo compuesto por elementos disímiles que se contraponen hasta formar un suerte de equilibrio complejo y disforzado, puedo encontrar estas relaciones entre sujetos y objetos -que no pueden estar separados-. Mas bien entre tú (sujeto) y tus cosas (objetos) que, sin mucho que meditar, se convierten, en gran medida, en objetos y sujetos que interactúan conmigo. Por categorizarlo de otra manera: Mi sujeto de deseo, mis cosas de anhelo.

Por que ese pasadizo carece de sentido si es que no estás tú para pasar todos los días por ahí. No es lo mismo ese balcón sin tu presencia sutil por comprender el horizonte lleno de otro objetos que necesariamente interactúan y se complementan contigo. En ese paisaje anodino, eres tú quien complementa -o justifica- mi presencia en ese lugar de soliloquios futiles. Interactuamos sin querer; te veo andar y ya eres el sujeto y lo que te rodea las cosas, que adquieren un matiz distante pero íntimo, casi mío, no sé si tuyo, mucho menos si nuestro.

Es que pueden haber una infinidad de asociaciones por doquier, una infinita relación entre los sujetos, objetos, cosas, sentimientos, abstracciones, subjetividades, imaginarios, creencias, deseos, placeres, discursos... pero es ese contexto en particular, esa situación en la cual todo se relaciona para elaborar un entramado perfecto, diáfano, casi etéreo donde yo, casi inmerso en una tenue disociación de realidad y ficción, no dejo de perpetuarte en mi mirada. En ti y tus objetos -que, lo repito, que son mi cosas también-  y que no existen sin tu presencia rondando por ahí.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Poemetría: Sadomasoquísame

Te necesito
para que me golpees
contra la pared
y me obligues
a decir tu nombre

Que lo grite entre
gemidos
con hilos de saliva
que contenga tus
sílabas

Apretújame contra el acero
carcome mi miedo
con tu voz ronca que
me habla al oído
el resoplido
que baña mi nuca
que me estremece

Pega mi cara contra el muro
haz que mis ojos
enrojezcan por mi dolor
Cógeme del cabello
y arráncalo a mordidas

Oblígame a morderte
los muslos
de succionarte
la oreja, el cuello
Golpea cada desidia mía
insulta cada sentimiento
inocente que salga
de mi boca ensangrentada

Maldice cada cursilería
cada intento por amarte más
Sólo sométeme
sadomasoquísame
hasta que sea tuyo
Doblégame
hasta que gima
tu nombre.

lunes, 1 de noviembre de 2010

No sé por qué

La miro a los ojos. Es extraño notar la paciencia con que lo hago, la delicadeza con la que espero que me mire directo a los ojos, para que me lance una sonrisa o, lo que más me gusta, quedemos viéndonos las pupilas hasta que uno de nosotros mire hacia la puerta o hacia Pablo, que está comiendo un pancito con hotdog. Verle los desordenes en el rostro que la vuelven tan cercana y palpable, simplemente verla que me ve porque yo la veo.

Me ve porque la veo; el discreto conocimiento de sentirse observa hasta la plegaria y el rezo. Me ve porque mis ojos en cada risa la buscan, o en cada chiste la encuentran. La veo porque cada detalle esta su cara pegada en los afiches de 'se busca' y la recompenza que es mi silencio es difícil de pagar. Y caminamos como dos desconocidos y volvemos a molestarnos con los rostros agrios mientras Gloria sigue contando de la tremenda borrachera que nos confinó en un intento de desaparecer.

Y me mira, y esa mirada me incrusta sobre la pared. No sé por qué no soy nada de ella. ¿Por qué? No sé ¿No soy nada de ella? No sé..., o es que sí sé, sólo que no quiero despegar (o eliminar) ese 'sé' del 'no'.