miércoles, 9 de marzo de 2011

Misivas 2

Árbol:

Las cartas contigo han adquirido un matiz distinto, un aroma especial, una cadenciosa forma de las letras por dejarse escribir. Contigo, las hojas verdes que caen de tus brazos altos aceptan mi prosa con solemnidad; contigo, la sombra que me protege del brillo solar acapara todo mi cuerpo, mis brazos, mis pies envueltos en colores sucios. Ahora las mañanas tienen un vacío bizarro, desesperante; es bostezar hasta que el sueño vuelva nuevamente, con el cambiar del sol. En cambio las noches tienen esa particular manía de animarme, de convertirme en el noctámbulo modularon mis células: los ojos caídos, ojeras oscuras y vacías, el rostro ceñido a la inexpresión y mi silencio desesperante, que desespera siempre.

Te veo a los ojos, árbol, y me incitas a grabar mi nombre con el tuyo en tu corteza. Y aunque te muevas con elegancia, en danzante armonía, no puedo seguirte como quisiera hacerlo. Tus hojas danzan desde lo alto, moviéndose entornadas a tu sonrisa que se aparece en el momento en que mis ojos te perciben y desaparece cuando vuelves el rostro, siguiendo el movimiento a tu alrededor. Tu sombra es extraña, curvada, frondosa, infatigable.

En estos momentos que escribo esta misiva en una de tus verdes hojas mantengo la idea de convertirme en árbol, plantarme a tu lado y dejar caer mis hojas en tu hombro, en tus manos. Pero soy malo siendo árbol: mientras tu danzas de arriba a abajo, yo me quedaré plantado en alguna parte del vasto campo. Yo que me quiero quedar a tu lado y tú que te quieres quedar con el viento.

Ramón.

lunes, 7 de marzo de 2011

Misivas 1

Leticia:

Sé que las circunstancias entre nosotros han cambiado. Que desde la última vez que sentí tu cuerpo enrollarse con el mío no hemos vuelto a ser los mismos. Mil veces te dije, cien veces te susurré al oído pequeño, mientras rozaba tu lóbulo, que estábamos convirtiéndonos en eso que no quisimos. Bueno, acá me tienes, con el corazón que me late a 60 por 60 cuando te veo; las revoluciones han bajado, la tembladera a parado, los ojos que no pueden ver los tuyos ahora se mantienen rígidos viendo tu rostro que se muestra frente a mí, ya no hay la misma sorpresa al escuchar tu voz en el auricular. Ya no.

Ahora mis noches pertenecen a otro cabellos, la voz a cambiado, también la mirada que me evade no sé si por miedo, no sé si por complicidad o tal vez por soy la mirada constante que la busca. Cuando antes habías sido tú, luego de ese largo silencio que nos separó volviste a calar en los latidos, en el 10% de capacidad cerebral, en las casi 8 horas que sirven para dormir y que aproximadamente soñaba contigo. En las cartas anónimas, en los poemas desgarradores, las canciones que tocaban mi alma. No más tú en mis declaratorias de amor. Todo acabó. Terminamos siendo aquellos que no queríamos ser.

Pero, ¿qué tanto rehusabas ser ese 'ente' que yo tanto aborrecía. No lo sabré jamás. Tal vez quisiste convertirte en él para que la partida sea mucho más fácil. Quizás matar el último rezago de mi en ti, la minúscula idea que te complicaba en extremo, que no te dejaba ser.

Lo lograste.

Ramón.

domingo, 6 de marzo de 2011

Colección

Había decidido obtener un mechón de su cabello. Hizo caso omiso a quienes lo tildaron de acosador, enfermo, de sufrido de amor. Necesitaba ese mechón para ir organizando su colección; ya tenía un pequeño papel que se le cayó en alguna despedida nocturna, una chapa que había rozado sus dedos, una mirada displicente de reunión alegre, un beso de inconsolable presentación. Necesitaba un mechón para que la colección adquiriera un nuevo matiz, llegara a un segundo nivel... luego de eso podría obtener un pedazo de uña, una pestaña perdida, un milímetro de sus corazón.

Por ahora solo el mechón. Difícil enmienda, teniendo en consideración que las distancias eran casi de dos pies de los suyos, talla 43 de lejanía. Si la distancia fuera dos pies suyos, calculando, una talla 36, sería mucho más fácil. Pensaba con inquietud la forma de robarle un mechón, sin que ella suponga que tenía de conocido a un loco... claro, que sería interesante que supiera que él estaba loco por ella, pero para lograr dicho objetivo no debía de pensar, bajo ninguna circunstancia, que él era un loco de remate, un ido sin beneficio.

Pero la distancia era amplia aún. Los ojos apenas se tocan con la mirada, las voces hacían un esfuerzo para llegar a los oídos, las pequeñas caminatas que tenían rezaban para que la llegada esté lo más cercana posible. Un día al despedirse pudo tocar, aún no sabe cómo, el cabello dibujado en garabatos azules. Estuvo tan perplejo en sentirla cerca, caer en lo hipnotizante de su olor, en la sutileza de su presencia, que olvidó coger las tijeras que guardaba en el bolsillo del pantalón. Cuando se acordó de la terrible misión ella ya era parte de la inmensa pesadumbre del tráfico.

Esto sucede cada vez que se le acerca a saludarla o despedirse. La eterna intención de coger las tijeritas, cortar el mechón juguetón, clac, e irse feliz. Sin embargo, su colección tendrá que esperar... tal vez sea más fácil conseguir, o ganarse según palabras de Luis -Billy The Kid- Hernández, su corazón.