Días como hoy quiero quitarme el alma del cuerpo, ponerlo en otro envase y vivir sin preocupaciones, sin tanto mirar hacia abajo, ni esconder cosas de mí que me incomodan y que quiero esconder en más tela en la camisa.
O simplemente no salir, no saber que hay ojos que me ven como yo me veo, insistir en la ceguera generalizada, rogando para contagiarme lo más rápido posible, caer en una explosión óptica que prosiga con mis demás sentidos y no percibirme más.
Ruego cada día por ser una mancha, un sombra que viaja con el viento, energía deforme que no se preocupe por las ondas formadas en mi límites, o en el ancho de mi abdomen, en lo abultado de mi pecho.
Hoy confieso que me siento incomodo por el envase en el que me encuentro.
Una lucha constante y terrible.
domingo, 13 de mayo de 2012
sábado, 12 de mayo de 2012
Rounds que se pierden por cansancio
Cortázar había señalado, acertadamente, que la novela y el cuento finiquitaban como en un encuentro de boxeo. Mientras que la novela ganaba por puntos, el cuento lo hacía por KO. Un golpe seco que parte la quijada, quiebra la atención, instalada la emoción y destruye toda posibilidad de saborear un manjar que, apenas fue impuesto en nuestros labios, es arrebatado con insidiosa crueldad.
En la novela podemos saborear el dulce. Es más, en muchos casos el dulce se puede paladear desde el principio, desde la página 1, hasta el fin, como un caramelo de menta. Al momento en el que el dulce mentolado toca la punta de la lengua inicia un fresco festín gélido que no termina en la consumación del caramelo, sino en la sensación de frescura.
Esa impresión es la que te deja una buena novela. Una lectura que va ganando puntos a su avanzar; sin pensar en terminarla, pero sí intuyendo lo que podría ocurrir hojas más adelante, no necesariamente en la última hoja está el misterio. Sin embargo, no siempre pinta como lo dijo Cortázar, o como lo imaginamos al iniciar una novela.
Peor aún si es un escrito del cual te has hecho muchas expectativas. Novelas que se knockean solas, golpe en la quijada que debió darle al contrario (al lector); pero por motivos extraños (o una torpeza de cansancio natural) cae en propio rostro, dejando toda posibilidad de triunfo y excitación literaria al olvido.
Eso me ocurre con Crónica del pájaro que da vuelta al mundo. Este boxeador ha luchado demasiado, dando buenos golpes en los primeros 3 rounds. En los siguientes trata de mantener el ritmo de la pelea, moviéndose estratégicamente en un danzar escurridizo, sin mayor intención de atacar. Movimientos calculados, fríos, sin pasión.
Finalmente el trajín de los 12 rounds pasa factura. Solo se espera que caiga derrotado por el propio cansancio.
Leer en modo automático, por pura inercia; solo esperando que acabe la novela para saber el misterio, sin muchas ganas de saberlo, o saber qué vendrá en el próximo libro que será leído.
Rounds que se pierden por cansancio, por forzar la novela a niveles totalmente inexistentes.
jueves, 10 de mayo de 2012
Nadie maneja la mano con la que escribo.
Un día decidí escribir. No fue aquella vez que leí con energía ferviente de joven entusiasmado por la enseñanza superior, en una carpeta pintada de academia pre universitaria. Leyendo con pena y pesar por malgastar el dinero que mi padre abonaba mensualmente a las arcas de esta institución que lleva por nombre un libro de poemas de Vallejo.
Por aquel entonces estrechaba en mis manos por primera vez una compilación (no antología) de la Palabra del mudo. No sabría que años más tarde, en otra carpeta pintada, ahora individual, de la universidad Federico Villarreal, leería con mucha más efervescencia, una y otra vez, por partidas multiplicadas, sus cuentos que me los llevaré a la tumba.
Con Ribeyro no quise escribir, pero cimentaron mi estilo, dieron un camino a mis letras, un final, un producto. Quería escribir como Ribeyro; sobre todo con el abanico social y experimental que me daba la carrera que había dispuesto para mantenerme en mis años de vejez.
Decidí escribir por culpa de Borges, G.G.Marquez, Cortázar (Ficciones, Cien Años, Cuentos completos). Pero todos ellos me obligaron a escribir no como ellos, sino que, en su inminente sabiduría y conciencia de que no puedo escribir de un lugar que no sea mi hogar, me apuntaron con una pistola y me dijeron: "Escribirás como Ribeyro". Yo me dejaba nomás, porque como Julio Ramón siempre quise escribir.
Pero no pude, aunque quise. Rayé sus libros; las primeras ediciones de la Palabra del mudo, tomo 1, 2,3,4, rayados de arriba a abajo, tratando de encontrar la formula para lograr esa elegancia y ternura a la par, que se entremezclan en un completo paisaje de lo que es Lima urbana.
No pude, y me dolió.
Pero eso me enseño; me enseñó que debo encontrar mi propio estilo. No sé si aún lo sigo buscando, o trato de encontrarlo en vano mientras ya lo voy poniendo en práctica. Pero tratar de copiar un sistema, un modelo, un arquetipo solo te hace uno más del montón, aunque tengas las palabras precisas, concatenándose cadenciosas en una melodía poética que disturbie la tranquilidad del lector. No sirve de nada si te leo como Marquéz, Cortázar o Borges.
Simplemente no sirves.
Yo aún no sirvo. Pero puedo sentirme orgulloso de decir que nadie maneja la mano con la que escribo.
domingo, 22 de abril de 2012
Poemetría: In-creíble.
Ahora que lo pienso
no puedo creer que hace ya un tiempo
haya vivido
privado de las llamadas a media noche
y los buenos días calientes
Expuesto a tanta melancolía
o dramatismo infundado
Desaparecido de la ocasional tarde
donde inician los abrazos
los labios incrustado
Olvidado de las noches
con tonos de piel
entremezcladas en sudor
No puedo creer que ya vivido privado
hace algún tiempo
del jadeo explosivo
en ojos entrecerrados
de manos que aprietan mi espalda
como si destrozaran la colcha
De besos que no cansan
de orgasmos que se guardan
de lágrimas que no existen
y promesas impronunciables.
No puedo creer que haya vivido
todo ese tiempo
antes de conocerte.
no puedo creer que hace ya un tiempo
haya vivido
privado de las llamadas a media noche
y los buenos días calientes
Expuesto a tanta melancolía
o dramatismo infundado
Desaparecido de la ocasional tarde
donde inician los abrazos
los labios incrustado
Olvidado de las noches
con tonos de piel
entremezcladas en sudor
No puedo creer que ya vivido privado
hace algún tiempo
del jadeo explosivo
en ojos entrecerrados
de manos que aprietan mi espalda
como si destrozaran la colcha
De besos que no cansan
de orgasmos que se guardan
de lágrimas que no existen
y promesas impronunciables.
No puedo creer que haya vivido
todo ese tiempo
antes de conocerte.
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