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viernes, 7 de agosto de 2009

Imposible

Pero imposible dejar en paz a Luisito H., que sostiene su taza de café con leche mientras jugamos a piedra, papel o tijeras. Mi café bien cargado está aún caliente, así que espero a que se enfrié mientras mi mano muestra una piedra; Luis esconde la mano-papel y, piconazo como es, saca del fondo del bolsillo de su bata blanca de médico un plumón y comienza con su letárgico arte de escribir. Aprovecho para tomar el café, ya frío de tanto jugar.

Esta vez regala el escrito al mozo, mientras le decía "caliente el café de mi amigo por favor". Siempre los rostros se mostraban pasmados al recibir los poemas en colores brillantes de Luis y él siempre miraba mi rostro taciturno y reía y volvíamos a jugar, mientras le contaba sobre gatos, tierra, defecaciones y su él. No le gustó la relación, pero le dije "descuida, que sólo cité un poema". Sonrió como diciendo un "más te vale".

Si le contara que profané uno de sus escritos saca el estetoscopio y me lo lanza en la cabeza, para después jugar a revivirme, como siempre.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Encuentro

Me encontré con Julio Ramón en un café cercano a la plaza San Martín. El pidió un expreso (le echó algunas cucharadas de azúcar) y yo un americano (conversamos sobre la terrible manía de los gringos por ponerle su marca a todo). Luego salimos a conseguir cigarrillos. Lo insté a recorrer el Boulevard de Quilca, pero su desesperación por tabaco me infundió gran incertidumbre. Caminamos algunas cuadras buscando algún vendedor; mientras, conversábamos sobre la necesidad de una literatura propia. "Autores como Arguedas y Ciro Alegría demostraron que podemos encontrar un camino hacia nuestra propia conciencia, encontrar una identidad". Le sugerí que adhiera a esa lista su nombre. "Yo soy hechura de varios autores, de varios cuentos; mi vida está transcrita bajo esa lupa".
Una jovial señora nos brindó cigarros. Él, Malboro (me hizo acordar el juego de palabras), yo, un Lucky Strike (me comentó que a su edad ya no tenía esa manía de probar nuevas marcas de cigarrillos sino deleitarse con aquellos que lo acompañaron en su pasado). De a poco lo fui llevando a Quilca.
Compró un par (nuevos cuentistas peruanos). Yo compré uno que me recomendó: El péndulo (Umberto Eco); "como para no dejar de leer a Eco, hasta sus libros de semiótica", me dijo. Volvimos nuestros pasos hacia la plaza San Martín; se despidió acomodándose el bigote ralo, algo crecido y sin cortes. "La próxima trae tus cuentos para decirte si tienes que soltar las ataduras y vivir del hedonismo."
Aquella tarde llevaba una camisa a cuadros, un pantalón de vestir crema y unos zapatos brillantes y negros. El poco cabello se movía al ritmo del viento gélido que sacudía Lima en esos meses de mayo. Prendió otro cigarro y dobló la esquina.