Un día igual que los demás

Hoy me levantaré con las mismas pesadillas de siempre, con el mismo malestar que ayer, que ante ayer, que la semana pasada. Arreglaré el cuarto con lentitud ocia, con parsimonio ridícula y veré el cielo gris de mentiras bochornas y de sudores permisibles. Hoy desayunaré lo mismo, sólo, con mi madre pasando de un lado a otro de la sala, yendo y viniendo; con el rostros de mi viejo que se arruga hasta explotar, que se estriñe, que no se contiene. Subiré de vuelta a mi cuarto y escucharé las mismas discusiones de siempre, las mismas réplicas, los mismo insultos. Pondré almohadas en mis oídos, cantará alguna canción fuerte que llegue a mis sentidos para no escuchar... como todos los días.

Tal vez vea un película, escuche un disco sórdido, o escriba un relato malo. Trataré de matar el tiempo con viejos sueños o recuerdos en regalos bien forrados bajo el árbol. Hoy escribiré una canción que olvidaré mañana, una tonada que se repetirá con otra letras y con otras voces. Discutiré, jugaré, pelearé, cantaré, bailaré con mis hermanos y esperaremos que sea de noche par darle sentido a este día.

Veré las luces moverse bajo el fondo oscuro, las imágenes quietas al fondo de la sala, los regalos para los chicos que no se levantarán hasta mañana. El olor de la cena que llega como cualquier otra; los familiares de siempre que se sientan en la sala y conversan sobre política o sobre el carro nuevo o el partido de ayer. Lo de siempre.

Hoy es un día igual a los demás: No tengo sus ojos aún en el bolsillo de mi camisa, aún sigo suspirando por la sonrisa y los movimientos ajenos de alguien que puede estar al otro extremo. Hoy sigo sintiéndome como un melancólico empedernido y con la sonrisa que aparente serenidad y suavidad. Hoy no la tengo y sigue siendo un día como los demás envuelto en y puesto bajo el árbol brillante.

Ojos de días

Hoy vi tus ojos después de días y tenían esa agradable curvatura alrededor de toda su composición. No había crecido, pero se veían grandes y profundos, sonrientes y accesibles. Mantenían esa circunsferencia envidiable de amaneceres apacibles y sueños circunspectos. Esa sensibilidad de mis ojos al ver el eterno resplandor de su grandeza, de sus tinieblas.

La iris, fija en mí y en mis movimientos, me intimidaba con violencia, son sórdida intromisión. Los evadía por dolor en vez que por temor. Los quería frente a mí siempre; pero ellos me esquivaban cuando eran míos por segundos, cuando podía cogerlos en mis manos y jugar con los párpados, cerrándolos y abréndolos, abriéndolos y abriéndolos.

Esos eran tus ojos que no veía en días.

Los mismos de siempre.

Sueño contigo... y muero.

Hoy soñé nuevamente contigo, pero también me ahorcaban varias veces. Era un hombre con una máscara que, creo, había visto en alguna película de bajo presupuesto china o en alguna argentina recomendada por un viejo amigo. Te veía danzar a lo lejos, incitándome a los celos, al deseo; pero siempre lejos. Si quería avanzar retrocedía, y si volteaba aparecía un cordón que, lentamente, iba siendo colocado en mi cuello. Miraba para atrás y estaba esa máscara... y no había tiempo para más.

Como en todo sueño las cosas ocurren de la nada y por nada, casi como en la vida real. Aparecí caminando por las calle, escuchando una vieja rola con pianos divertidos y voces poéticas. Te vi nuevamente ahora conversando con esa gran sonrisa y con los ojos que a veces, sólo a veces, se topa conmigo, moviendo mi mundo. Me acerco, pero esta vez tú me mandas al desvío preguntándome por chicos o viejos dibujos en la pizarra. Te sigo insistiendo y al final me mandas a la mierda. Ahí apareció el de la máscara por segunda vez.

Sería ilógico morir por segunda vez, incluso en un sueño. Me levanté con un miedo terrible y con la noche que aún se mostraba intolerante a la luz. Me volví a echar... ese de la máscara me estresa; pero vale la pena sentir el ahorco y verte por ahí, en las callejuelas de mi imaginaria modorra.

Al final mi vida es parecida: al no tenerte es como si me ahorcaran, me flagelaran, me acuchillaran y me escupiran. Un poco más de lo mismo no cae mal.

Noches en que olvido que eres tú y soy yo

Te vi sentada ayer bajo luces de neon y miradas deseosas de tenerte de pie. Te vi observando el espectáculo del cielo, el sempiterno olor  de la compañía, el estruendoso danzar de tus piesitos al sonar de la música que nos pone en ridículo o nos convierte en masa densa, casi etérea, mierda onírica, casi fantasmal.

Mis ojos no se mueve como el común de los ojos. Buscan unos en especial, que se disparan entre sonidos y luces, entre olores y cuerpo, entre bebidas y humos. Se entrelazan en segundos, nublados por la oscuridad, a veces iluminados por ráfagas de colores que se inmiscuyen en mi búsqueda y en su coincidencia.

Me acerco, te veo, veo tus facciones a través de la oscuridad, su aparente desconformidad con el momento, con el tiempo, con el lugar. Me acerco, te veo, me muero, te siento y revivivo. Me acerco y te vas. Te llevan, conviven en un simbólico acto de diversión aunada con sensualidad mutua. Te veo irte a bailar.... Siempre seré el segundón para ti.

Espero algo más, la veo sentarse de nuevo. Yo le doy en este convencional acto con otras damiselas, mientras ella, sentada en el sillón ve todo alrededor y puedo ver lo que ve al ver sus ojos. Termina el sonido abrupto y comienza otro. Es mi oportunidad, la veo desde lejos y le tomo de la mano, la llevo de a pocos, se deja llevar, la cojo de la cintura, de deja llevar, me dejo llevar:

- ¿Cómo va todo?
- Bien, ¿y tú?
-  También... has visto al perro allá afuera
- ¡Sí! Bien bonito ¿no?
-  Sí

Y murió la noche. A tomar hasta las 6 de la mañana para borrar mis lentas ganas de hacerte mía.