martes, 20 de marzo de 2012

Consideraciones sobre un viaje II

¿La percepción cambia por los matices que delinean el contexto o es que es factible que estemos más cerca?

Las nubes permanecen quietas en el claro cielo serrano. Están quietas pero parecen moverse, irse a la medida que nos vamos nosotros también. Empujarnos mutuamente, escabullando un brazo pomposo y blanco-brillante, suave como las mejillas de algodón, que lucha con nuestros brazos carcomidos profundamente por el fricción del smog capitalino.

Se escapan, se alejan verticalmente, llegan a convertirse en parte del paisaje, dispuestos a la foto panorámica, al lente de cada cámara para absorberla en una memoria pequeña que nos acompañe toda la eternidad.

Sin embargo las tenemos cerca al punto de poderlas tocar con los dedos, sentir el aire frío con el cual sobreviven, convirtiéndolas en espectros negros e irascible. Grandes, magnánimas, infladas por el aire fresco que hiere nuestras fosas nasales.

Me hacen comprender que manejan un límite de suspensión, una valla en la que subir destruiría su acolchonada composición. Así como no se le es permitido bajar por disposiciones divinas o cálculos físico-químicos que escapan a conocimiento. Una línea invisible, divisoria y permanente que las sostiene, que equilibra el mundo tal cual lo conocemos.

Subir a la altura es conocer una realidad que desde los 0 msnm no podemos concebir. Subir es llegar al cielo, tocar las nubes. Volverse más azul. Más naturaleza y menos máquinas.