domingo, 26 de junio de 2011

Stone

Fumar marihuana nunca había sido su prioridad, sin embargo esa noche inhalo todo el humo que provenía de la pipa rota, cortante, que introducía en su boca, llenando los pulmones de un hedor distinto, raspando la garganta dejándole un sabor agrio. Se maximizaban las sensanciones: caminos más amplios, colores más brillantes, orientaciones más volátiles, palabras irónicas que vomitaban risas infinitas. Estaba stone.

Y no era nada del otro mundo, puta madre por esto reniegan todos; si es como fumar un cigarro y terminar como si hubieras tomado alcohol toda la noche. Se sentía libre, despegado del piso, más cerca al cielo oscuro, casi tocando una estrella. Raro, casi tocando una estrella pero cerca sus pies en el piso, cerca su cuerpo en la acera, lejos el cielo, lejos la estrella. Chistoso, y comenzó a reír.

Estaba acompañado. A los dos pasos se sentía solo, y a las dos cuadras estaba de nuevo acompañado. Volvía el rostro hacia la derecha y la izquierda, ahí los veía caminando como zombies, como él. La noche era hermosa, porque era de ellos. Todo lo que pisaban pertenecía a su reino, al reino de lo inconsecuente, de lo transgresivo, del silencio, y de lo invisible, casi subterraneos. Estaban, y era como si no.

En eso un paso, paf, un auto, ti tiiiii, el semáforo en rojo, luego verde, amarillo cuando quiere. Un grito, sube sube, más pasos, van rápido, corriendo. Luces se prenden por toda la calle, se abren las puertas, salen inquilinos, salen y entran, no se deciden, solo avanzan o retroceden según el gusto. Los ojos aparecen, y para peor, miran, miran como locos, por todos lados, te miran, me miran. Nos miran. Huevón nos miran.

- Relájate, Ramón, dale un hit.

- Confío en ti, chicho, esta huevada que nos rodea me está palteando.