jueves, 10 de mayo de 2012

Nadie maneja la mano con la que escribo.

Un día decidí escribir. No fue aquella vez que leí con energía ferviente de joven entusiasmado por la enseñanza superior, en una carpeta pintada de academia pre universitaria. Leyendo con pena y pesar por malgastar el dinero que mi padre abonaba mensualmente a las arcas de esta institución que lleva por nombre un libro de poemas de Vallejo.

Por aquel entonces estrechaba en mis manos por primera vez una compilación (no antología) de la Palabra del mudo. No sabría que años más tarde, en otra carpeta pintada, ahora individual, de la universidad Federico Villarreal, leería con mucha más efervescencia, una y otra vez, por partidas multiplicadas, sus cuentos que me los llevaré a la tumba.

Con Ribeyro no quise escribir, pero cimentaron mi estilo, dieron un camino a mis letras, un final, un producto. Quería escribir como Ribeyro; sobre todo con el abanico social y experimental que me daba la carrera que había dispuesto para mantenerme en mis años de vejez.

Decidí escribir por culpa de Borges, G.G.Marquez, Cortázar (Ficciones, Cien Años, Cuentos completos). Pero todos ellos me obligaron a escribir no como ellos, sino que, en su inminente sabiduría y conciencia de que no puedo escribir de un lugar que no sea mi hogar, me apuntaron con una pistola y me dijeron: "Escribirás como Ribeyro". Yo me dejaba nomás, porque como Julio Ramón siempre quise escribir.

Pero no pude, aunque quise. Rayé sus libros; las primeras ediciones de la Palabra del mudo, tomo 1, 2,3,4, rayados de arriba a abajo, tratando de encontrar la formula para lograr esa elegancia y ternura a la par, que se entremezclan en un completo paisaje de lo que es Lima urbana.

No pude, y me dolió.

Pero eso me enseño; me enseñó que debo encontrar mi propio estilo. No sé si aún lo sigo buscando, o trato de encontrarlo en vano mientras ya lo voy poniendo en práctica. Pero tratar de copiar un sistema, un modelo, un arquetipo solo te hace uno más del montón, aunque tengas las palabras precisas, concatenándose cadenciosas en una melodía poética que disturbie la tranquilidad del lector. No sirve de nada si te leo como Marquéz, Cortázar o Borges.

Simplemente no sirves.

Yo aún no sirvo. Pero puedo sentirme orgulloso de decir que nadie maneja la mano con la que escribo.